EDITORIAL
El ordenamiento jurídico como sistema
Si se pretende defender la vida y dignidad humana, en cualquiera de sus expresiones, si lo que se quiere es vale comprender que el Derecho funciona como un sistema y que no puede desatenderse un área de él sin afectar el resto de sus aristas.
Ceder en la defensa de la democracia constitucional se traduce, en un plazo no tan largo (ahí está el espejo venezolano para recordárnoslo) en debilitar las estructuras orgánicas y procesales que permiten el desarrollo integral de la persona en sociedad, y colocan a las comunidades ante peligros que, en un Estado constitucional genuino, resultarían simplemente inconcebibles.
Por ello es que hemos dedicado este número a tratar de llamar a las cosas por su nombre, a no jurar en vano e insinceramente en torno a conceptos manipulables, a decir “sí” cuando hay que decirlo en relación con sustantivos fundamentales para la defensa de los más vulnerables y para la no discriminación de persona alguna que participe, en cualquier forma, de la condición humana. Aunque parezca forzado, defender comicios libres y auténticos, reivindicar la división equilibrada de las potestades y luchar por restaurar la independencia judiciaria es, también, tirar un pial a favor de la dignidad eminente de nuestros semejantes.
Derecho, lenguaje y verdad. Análisis de las difíciles experiencias y circunstancias que la lucha contra el autoritarismo ha significado en diversas latitudes. Diagnósticos certeros y precisos derivados de la observación objetiva de nuestra realidad. Convicción en lo relativo a la trascendencia de conservar el pluralismo con miras a garantizar las libertades fundamentales de pensamiento, expresión, asociación, convicción, desarrollo espiritual, trabajo en favor del otro y un largo etcétera: todo ello es lo que aspiramos que usted encuentre en la lectura de estas páginas.
Y lo esperamos porque estamos convencidos de que los tiempos actuales (y su sistemática) son tiempos de derechos y no de sistemas autoritarios. En ningún sitio del planeta, mucho menos en los adscritos a nuestra cultura de corte occidental, podemos concedernos lujos distintos sin comprometer gravemente el desarrollo, e incluso la existencia misma, del ser humano en sociedad, del ser que se expresa y resignifica su vida en torno a conceptos y datos mutantes pero insoslayables, del ser que aspira a alcanzar lo sublime, pero también a convivir serena y sistemáticamente en la paz del respeto a la pluralidad y a los derechos fundamentales, por supuesto.
